CUIDAR A LOS PADRES Y CRISIS DE PAREJA

Llega un momento en la vida en el que nos encontramos con la circunstancia de tener que hacernos cargo del cuidado de nuestro padres, ya que, bien porque llegan a cierta edad bien por las enfermedades que padecen, sus condiciones físicas y psíquicas no les permiten valerse por si mismos y vivir solos.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Para los que compartimos la vida con una pareja -niños incluidos- el hecho de asumir esta responsabilidad nos modifica sustancialmente las rutinas y ritmos de vida. Este momento de “crisis” mal gestionado puede ocasionar serias tensiones de pareja que pueden llegar incluso a provocar la ruptura de la relación.

Además, la situación se complica extraordinariamente cuando se contempla que el pariente venga a vivir con nosotros. Especialmente si no es nuestro padre, madre o familiar directo.

Seamos sinceros: en muy pocos casos el hecho de aceptar a los padres en el domicilio común supone una bendición más que un serio problema.

Objetivamente hay una perdida de intimidad, exceptuando para aquellos que acostumbran a residir en un “palacio”. A esta se le acompaña un cambio radical en las rutinas, al que añadimos el cansancio psicológico que implica atender a un adulto que no puede valerse por sí mismo.

Si, además, nuestra pareja acepta la nueva situación a regañadientes, aunque diga lo contrario, tenemos todos los ingredientes para dar lugar a un deterioro importante de la relación de pareja.

¿Cómo darle la vuelta a este escenario tan desaconsejable? ¿Qué hacer cuándo no hay más remedio que aceptarlo?

En primer lugar, lo fundamental es tener claras las prioridades existenciales. Es decir, si primero están mis padres o mi pareja. Hay que tener claro el orden de prelación y ser honesto con él, puesto que del mismo se desprenderán diferentes consecuencias.

Por ejemplo: para mi pareja es imposible compartir el domicilio con mi madre y estamos en disposición de pagar una residencia. Mi madre no quiere ir a la residencia pero necesita cuidados 24 horas al día. ¿Qué hacer?

Solución A. Para mí,  mi madre está por encima de todo. Le explico a mi pareja que no es negociable y que se queda a vivir con nosotros. Asumo el riesgo. La relación se deteriora. Mi marido se larga de casa. Me quedo a vivir con mi madre.

Solución B. Mi marido está por encima de todo. Le explico a mi madre que no se puede quedar a vivir con nosotros. Como mi madre no tiene capacidad de decidir acaba amargada en una residencia. A mí se me come la culpa.

Solución C. Le pido a mi marido que haga un esfuerzo para vivir con mi madre: si la cosa no sale bien, la metemos en la residencia. Consciente del esfuerzo, me mantengo alerta con respecto a los tres peligros de meter a una tercera persona en nuestro domicilio: la falta de intimidad; el cambio en las rutinas y el desgaste psicológico.

Estos sólo son tres ejemplos sobre cómo afrontar el problema. Las soluciones se complican por otras variables: situación económica, presiones familiares,…

En cualquier caso, si la solución final es que vengan a vivir con nosotros o que tengamos que dedicar una gran parte de nuestro tiempo a cuidarlos (pueden vivir en el piso de arriba u otro domicilio), insisto en que tendremos que buscar respuestas a:

  • la falta de intimidad;
  • el cambio en las rutinas;
  • el desgaste psicológico.

Para cada uno de estos aspectos dedicaré más adelante una entrada en el blog.

Acerca de Paco Vicente Toral

Postgrado en metodología de las técnicas de Counselling.
Esta entrada fue publicada en Entorno familiar, Organización y recursos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.